No hay mucho que decir, alguien me robó mi iPod de última generación con incrustaciones de cristales Swarovski -muy in, muy viril- y mi vida dejó de ser lo musical que un día fue. No lo encuentro por ningún lado y temo que mi fina selección musical sea reemplazada por exitos populares de hoy y siempre. En mis pesadillas imagino a un "prietito" -hay una variante en donde es una Adelita del FAP- escuchando technocumbias, reggaeatones y pasitos duranguenses en donde alguna ves reinó la música de las mejores orquestas sinfónicas del mundo y los más prolíficos artistas underground europeos que el día de mañana cambiarán la honestidad de los bares por las caricias de los grandes sellos discográficos.
¿Quién, maldita sea, quién?
El problema no es el iPod en sí, tan fácil como comprar un par más, sino el hecho de sentirme, una vez más, burlado por la humanidad. Al abrir la puerta de mi loft no puedo dejar de imaginar que encontraré vació el interior. Es la angustia lo que me lastima, el no poder confiar en los demás. No me importa que se lleven las pantallas de plasma, las joyas, la ropa de diseñador, las laps y demás vagatelas: desde esta noche dormiré con el busto de Voltaire junto a mi cama.
