Fiodor Pavlovitch estaba ebrio cuando le dieron la noticia de la muerte de su esposa, y cuentan que echó a correr por las calles, levantando los brazos al cielo y gritando alborozado: «Ahora, Señor, ya no retienes a tu siervo». Otros aseguran que lloraba como un niño, hasta el punto de que daba pena verle, a pesar de la aversión que inspiraba. Es muy posible que ambas versiones se ajustasen a la verdad, es decir, que se alegrase de su liberación y que llorara a su liberadora. Las personas, incluso las peores, suelen ser más cándidas, más simples, de lo que suponemos..., sin excluirnos a nosotros.

1 comentario:
Me da uno de chocomilk. No, mejor de limon. :)
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